Grinchpun, B. M. (diciembre de 2022 – junio de 2023). ¿”Patriada” o “nimiedad”? Repercusiones y representaciones del “Operativo Cóndor” en las extremas derechas (1966-1986). Antigua Matanza. Revista de Historia Regional, 6(2), 238-272. https://doi.org/10.54789/am.v6i2.11 

El siglo XX y los relatos sobre la “cuestión Malvinas”: discursos y construcciones político-intelectuales

¿“Patriada”o nimiedad? Repercusiones y representaciones del “Operativo Cóndor” en las extremas derechas (1966-1986)

"Patriad" or trifle? Repercussions and representations of "Operative Condor" in the extreme right (1966-1986)

 Boris Matías Grinchpun[1]

Universidad de Buenos Aires, Ciudad Autónoma de Buenos Aires, Argentina.

Consejo Nacional de Investigaciones Científicas y Técnicas / Instituto de Desarrollo Económico y Social, Centro de Investigaciones Sociales, Ciudad Autónoma de Buenos Aires, Argentina.

Universidad Nacional de Tres de Febrero, Sáenz Peña, Argentina.

 

Resumen

El objetivo de este artículo aspira a enriquecer la galería de reapropiaciones históricas sobre el “Operativo Cóndor” pasando revista a las perspectivas adoptadas por las extremas derechas vernáculas. Para obtener una imagen aproximada pero representativa, se abordaron dos momentos, los meses inmediatamente posteriores de la iniciativa y el vigésimo aniversario del acontecimiento; utilizando algunas publicaciones periódicas: Azul y Blanco y Jauja para la primera instancia, y Cabildo, Patria Argentina y Alerta Nacional, para la segunda. Finalmente se concluye con la invitación a pensar que habilita la observación de los cambios en las reverberaciones: primero, sobre la evolución de las extremas derechas argentinas en las décadas finales del siglo XX y, luego, en los vínculos de estos sectores con la “causa Malvinas”.

Palabras-clave: Islas Malvinas, Operativo Cóndor, nacionalismo, derechas, Onganía. 1966-70

 

Abstract

The objective of this article aspires to enrich the gallery of historical reappropriations on "Operative Condor" by reviewing the perspectives adopted by the vernacular extreme right. To obtain an approximate but representative image, two moments were approached, the months immediately after the initiative and the twentieth anniversary of the event; using some periodicals: Azul y Blanco and Jauja for the first instance, and Cabildo, Patria Argentina and Alerta Nacional, for the second. Finally, it concludes with the invitation to think that enables the observation of the changes in the reverberations: first, on the evolution of the Argentine extreme right in the final decades of the 20th century and, later, on the links of these sectors with the “cause Malvinas”.

Keywords: Malvinas Islands, Operative Condor, nationalism, right-wing, Onganía. 1966-70

¿“Patriada”o nimiedad? Repercusiones y representaciones del “Operativo Cóndor” en las extremas derechas (1966-1986)

 Introducción. Al principio fue el acontecimiento

 

 

Los hechos han sido narrados muchas veces, pero no es ocioso recapitularlos (relato reconstruido a partir de Bardini, s.f.; Velazco, 2010). En la madrugada del 28 de septiembre de 1966, un avión de Aerolíneas Argentinas fue capturado por un grupo de militantes que oscilaba entre los 18 y los 31 años. Sus trasfondos socio-profesionales eran diversos —desde obreros metalúrgicos hasta empleados bancarios, pasando por la periodista María Cristina Verrier—, aunque la mayoría estaba vinculada con el Movimiento Nueva Argentina (MNA), formación de orientación nacionalista y peronista que se había desprendido en 1961 de Tacuara (ver Beraza, 2005; Padrón, 2017). Uno de los protagonistas de esa escisión fue Dardo Cabo, a la sazón autor intelectual, inspirador y líder de la operación. Junto a Alejandro Giovenco, Cabo ingresó en la cabina e intimó a la tripulación a cambiar el rumbo: el vuelo iniciado en Buenos Aires no se dirigiría a Río Gallegos como estaba estipulado, sino a las Islas Malvinas. El piloto Ernesto Fernández García se negó aduciendo que el combustible no era suficiente, pero cedió tras un altercado que habría incluido amenazas a sus familiares.

Lejos de la improvisación, el “Operativo Cóndor” había sido preparado a lo largo de tres años. El día fue cuidadosamente elegido, coincidiendo con el arribo del Príncipe de Edimburgo —consorte de la reina Isabel II— para reunirse con el presidente de facto Juan Carlos Onganía, jugar al polo y presenciar el Campeonato Mundial Hípico. Entre los pasajeros se encontraba Héctor Ricardo García, propietario del diario Crónica a quien se le había adelantado lo que ocurriría como primicia (Ricardo García, 1993). Si su presencia no bastaba para garantizar un alto impacto mediático, también viajaba —según ciertas versiones, por pura casualidad— el gobernador de facto de Tierra del Fuego, el contraalmirante José María Guzmán. Al advertir lo que estaba ocurriendo, su edecán intentó abrir fuego, pero fue eficazmente reducido por Carlos Rodríguez y Pedro Tursi, tras lo cual Guzmán se resignó y guardó silencio. A pesar del clima adverso, el trayecto transcurrió sin mayores inconvenientes y pasadas las ocho de la mañana el DC-4 aterrizó, dada la inexistencia de una pista en el archipiélago, en el hipódromo de Puerto Stanley.

La maniobra fue arriesgada, pero exitosa: la tripulación salió ilesa, aunque la parte frontal del aparato se hundió en el barro formado por varios días de mal tiempo. Empantanados a una considerable distancia de la casa del gobernador, los “Cóndores” debieron desechar el plan original de capturar al principal funcionario de las islas. Ignoraban que Sir Cosmo Haskard se encontraba entonces en Londres, por lo que se encontraba a cargo su segundo, Albert Clifton. A pesar de estos reveses, los militantes entraron rápidamente en acción: salieron del aparato e izaron siete banderas argentinas. A continuación, Cabo reafirmó a viva voz la soberanía de su país sobre el lugar y entonó el himno nacional, siendo secundado por sus camaradas. Nicolás Karasiewicz manifestó años después que la intención era entregarle allí mismo el mando a Guzmán, pero este les habría dado literalmente la espalda. Previsiblemente, todo este despliegue atrajo la atención de varios kelpers, siendo algunos —incluyendo los jefes de policía e infantería— tomados como rehenes. Los comandos le repartieron al resto de los curiosos unos panfletos en los que declaraban no ser agresores sino activistas que reclamaban la restitución del archipiélago, aclarando que no deseaban expropiar ni violentar a sus actuales habitantes. Cabo y Verrier le hicieron llegar personalmente el mensaje a Clifton, quien lo rechazó de plano. La pareja debió regresar con las manos vacías al campo de carreras, donde una persistente lluvia no impidió que la capital fuera rebautizada “Puerto Rivero” en alusión al gaucho que capitaneara un levantamiento en 1833 (sobre la controversial figura de Rivero, ver Lorenz, 2013, pp. 36-40). Mientras tanto, la exigua guarnición local y miembros de la milicia cercaron la aeronave con varios vehículos, procediendo a establecer posiciones con armas automáticas, altoparlantes con música marcial, una barraca de campaña con refuerzos y, a medida que oscurecía, reflectores.

En términos prácticos, la misión había llegado a un impasse: los isleños rechazaban las exigencias de los incursores, quienes se negaban a retirarse. Ambos bandos contaban con arsenales modestos, pero se mostraban renuentes a utilizarlos. Fue así como se volvió decisiva la intervención del sacerdote católico de Malvinas, el holandés Rudolf Roel, quien ofició una misa en castellano dentro del avión y consiguió que pasajeros y tripulantes pasaran la noche en viviendas de civiles. En la madrugada del día siguiente se difundió un mensaje de Haskard recomendando la rendición, ya que los comandos estaban rodeados por soldados y policías con órdenes firmes de disparar. El líder se negó a acatar, por lo que se instaló una tensa calma que se extendió hasta bien entrada la tarde. Finalmente, Roel logró que los “Cóndores” accedieran a darle su armamento al piloto Fernández García para ser luego alojados por la Iglesia Católica. De esta manera, los jóvenes habrían evitado —al menos de forma simbólica— rendirse a los británicos. Dos días después embarcaron rumbo a Ushuaia, donde fueron bajo arresto de inmediato.

La repercusión habría excedido las expectativas de los propios ejecutores, hallando eco en medios nacionales y extranjeros. La arriesgada apuesta habría obtenido aceptación popular, a juzgar por las fotografías de gente marchando en las calles de varias grandes ciudades. Onganía repudió el hecho, tachándolo “acto de piratería” y sosteniendo que los reclamos sobre esos territorios no podían ser “una excusa para facciosos”. El general lo habría percibido como un desafío directo a su autoridad, por lo que habría presionado por un castigo severo que resultara ejemplificador. De esta manera, a mediados de 1967 el juez condenó a los responsables por privación de la libertad personal y tenencia de armas de guerra. El secuestro aéreo no fue contemplado ya que, por ese entonces, no se encontraba tipificado en el Código Penal. La mayoría volvió a las calles tras el proceso, con la excepción de Cabo, Giovenco y Rodríguez quienes pasaron tres años en prisión debido a sus antecedentes judiciales.

A pesar de su carácter efímero y frustrado, la intentona se ha convertido en un terreno fértil para múltiples recuperaciones. Ciertas lecturas la han transformado en un hito en la lucha por la recuperación de las islas, junto a la rebelión de Rivero o la misma guerra de 1982. Cabe apuntar aquí, siguiendo a Rosana Guber (2012), que Malvinas no sería un signo —capaz de ser remitido a un significado inequívoco— sino un símbolo, asociado con múltiples significaciones. Entre las tres más importantes se encontrarían las islas en tanto espacio geográfico, la “causa” entendida como el mandato para recuperarlas y la guerra de 1982, relacionándose entre sí de forma cambiante. En esta línea podría entenderse que a la operación se le consagrara un monumento en Ituzaingó y una muestra en el Museo Malvinas e Islas del Atlántico Sur, mientras que las banderas portadas fueran distribuidas durante el gobierno de Cristina Fernández de Kirchner en lugares como la Casa Rosada, la Basílica de Luján, la antigua Escuela Mecánica de la Armada y el mausoleo de su esposo (Recuerdo del Operativo Cóndor, 2014). Asimismo, fue presentado un proyecto de ley en la Cámara de Diputados para declarar sitio histórico al “predio ubicado en Puerto Argentina, Isla Soledad, provincia de Tierra del Fuego, Antártida e Islas del Atlántico Sur, donde aterrizó” el vuelo 648 de Aerolíneas Argentinas (Proyecto de ley 5467-D, 2016). Otros han utilizado el episodio como punto de partida para reflexionar sobre las derivas a menudo trágicas de las juventudes de los sesenta (Adrián Figueroa Díaz, 2006). En este sentido, Cabo se sumó luego a Montoneros y fue detenido durante el autodenominado “Proceso de Reorganización Nacional”, siendo fusilado en un simulacro de fuga a comienzos de 1977; Giovenco pasó a integrar numerosas facciones de la “ortodoxia” peronista, volviéndose dirigente de la Concentración Nacional Universitaria (CNU) hasta morir en 1974 a causa del estallido de una granada que llevaba en un maletín (Carnaghi, 2016; Ladeuix, 2007); Miguel Ángel Castrofini fue asesinado por el Ejército Revolucionario del Pueblo (ERP) “22 de agosto”, al tiempo que Jorge Alberto Money y Rodríguez murieron a manos de la Triple A. Finalmente, Tursi y Edgardo Salcedo se encuentran entre los “desaparecidos” durante la última dictadura.

Este artículo no aspira a revalidar ni a refutar dichas posturas, sino a enriquecer esta galería de reapropiaciones pasando revista a las perspectivas adoptadas por las extremas derechas vernáculas. La materia resulta de interés en tanto dichos sectores se han definido consistentemente como “nacionalistas”, lo cual explicaría la gravitación que la “causa Malvinas” ha tenido para su identidad y sus repertorios simbólicos (al respecto puede consultarse Buchrucker, 2011; Saborido, 2005). Además, no pocos “Cóndores” pertenecieron a fracciones de dicha orientación antes y después del operativo, tal cual lo muestran los casos de Cabo y Giovenco. Es por ello por lo que estas derechas —tanto las afines al tradicionalismo católico como las más próximas al peronismo— se habrían encontrado en una posición ventajosa a la hora de captar los diversos sentidos construidos y vehiculizados en torno del acontecimiento, desempeñando un rol nada desdeñable a la hora de reproducir esas significaciones.

Para obtener una imagen aproximada pero representativa, se ha optado por abordar dos momentos a través de algunas publicaciones periódicas: la primera parte estará consagrada a los meses inmediatamente posteriores a la iniciativa, prestando atención a Azul y Blanco y Jauja. Las reverberaciones fueron amplias y favorables, ofreciendo otro flanco para hostigar al gobierno de facto. La segunda, se desplazará hacia el vigésimo aniversario, cuando la efeméride habría adquirido renovadas connotaciones debido al conflicto bélico ocurrido pocos años antes. Lejos del entusiasmo de sus camaradas en los sesenta, Cabildo, Patria Argentina y Alerta Nacional no hicieron mención del hecho, opacado y oscurecido por la contienda del Atlántico Sur y la lucha armada de la década previa. Finalmente, la conclusión se detendrá sobre lo que estos cambios invitan a pensar sobre la evolución de las extremas derechas argentinas en las décadas finales del siglo XX, pero también sobre los vínculos de estos sectores con la “causa Malvinas”.

 

 

“Las Malvinas están más cerca”, u otro traspié del Onganiato

 

 

En septiembre de 1966 la “segunda época” de Azul y Blanco atravesaba su tercer mes. La revista había retornado tras el silencio auto-impuesto durante la presidencia de Arturo Illia con la expectativa de que la “Revolución Argentina” realizara las transformaciones que los nacionalistas venían propugnando desde hacía años. Encabezando el staff se encontraba una vez más Marcelo Sánchez Sorondo, a quien acompañaron un bisoño Juan Manuel Abal Medina como secretario de Redacción, Ricardo Curutchet como director y Juan Manuel Palacio, Luis Rivet y Federico Ibarguren como colaboradores. A pesar del voto de confianza inicial, el círculo manifestó una creciente impaciencia frente a la dilación de las reformas que exhortaban a realizar. Transcurrido un trimestre, lo único que podían destacar era la clausura de los partidos políticos y la intervención de las universidades (Beraza, 2005, pp. 209-218; Galván, 2012, pp. 231-237).

En este sentido, el “Operativo Cóndor” fue exhibido como otra instancia en la cual podían verificarse la timidez, indecisión e inoperancia de Onganía y su entorno. Desafiando la condena oficial, el número catorce —el primero tras el evento— incluyó en su portada una foto de Puerto Stanley debajo de la cual podía leerse “Las Malvinas están más cerca”. Una sucinta crónica podía hallarse en las primeras páginas, donde se sugería que la Casa Rosada había sido tomada virtualmente por sorpresa. Tras supuestas simpatías iniciales —incluso del propio presidente de facto—, “un inexplicable ambiente de hostilidad” se habría instalado con el correr de las horas, comenzando “a definir la posición del gobierno respecto de los invasores sureños” (Lo que pasa: Todavía el país espera la revolución, 1966, p. 4). Fue por lo que la posición adoptada habría sido desmesurada:

cualquiera que hubiese leído este documento sin conocer los hechos hubiera pensado por lo menos que el Comando de Operaciones Navales había decidido asaltar las Malvinas por su cuenta y riesgo” en lugar de tratarse de “una veintena de muchachos, por muy armados que estén. (Lo que pasa: Todavía el país espera la revolución, 1966, p. 4)

Los conceptos de las autoridades eran igualmente desafortunados, en tanto “es difícil ser faccioso [...] utilizando uno de los pocos temas en que la totalidad de los argentinos está de acuerdo, por lo que su aventura interpreta de alguna manera los sentimientos del país” (Lo que pasa: Todavía el país espera la revolución, 1966, p. 4). Bien visto, “el episodio es una patriada —y muy simpática— que de ninguna manera tiene entidad suficiente para crear al país un verdadero problema, como se prueba por la ausencia de cualquier protesta inglesa” (Lo que pasa: Todavía el país espera la revolución, 1966, p. 4). Todavía más entusiasta, una nota anexa hablaba de “un buen suceso”: “debiéramos hoy estar festejando la feliz idea de desembarcar en armas sobre las Malvinas” (Buen suceso en las Malvinas, 1966, p. 7).

No obstante, la carencia de “familiaridad con el poder político”, la “falta de apertura” y “la insensibilidad para captar los movimientos profundos de la opinión” de los elencos oficiales habrían hecho que estos creyeran infantilmente que la meta era perjudicarlos, desechando así la oportunidad de “galvanizar al país tras una idea noble, generosa y unánime” (Lo que pasa: Todavía el país espera la revolución, 1966, pp. 4-5). La dictadura habría traicionado incluso sus raíces castrenses al ceñirse a la “moda” de

un curioso “legalismo” a nivel internacional de acuerdo con cuyos principios ninguna controversia admite otro género de soluciones que las pacíficas y negociadoras, cuando está demostrado que a veces las soluciones pacíficas avanzan con más soltura cuando una de las partes interpone un elemento contundente de presión. (Lo que pasa: Todavía el país espera la revolución, 1966, p. 4)

Como inquiría con ironía un anónimo articulista, “¿será que para esta nueva escuela diplomática de los discursos impunes y de los comunicados alevosos los hechos [...] ciertos, comprobables, físicos e imborrables son cosas fastidiosas?” (Buen suceso en las Malvinas, 1966, p. 7). Hasta se tomó la libertad de aconsejarle a la dictadura que se “desenojara” —ya que “nadie quiere levantarse contra ella”— y se sumara a las celebraciones (Buen suceso en las Malvinas, 1966, p. 7).

El único funcionario que logró escapar al escarnio fue el canciller Nicanor Costa Méndez, quien de viaje por EE. UU. habría elogiado la incursión. De hecho, habría tenido la valentía de expresar en Washington y Nueva York los lineamientos de una diplomacia agradable al nacionalismo: si existía “una inquebrantable solidaridad de hecho y de derecho, de intereses y de cultura, de pasado y de destino, con las naciones y con las decisiones de Occidente”, esta “no restringe nuestra propia determinación, nuestra esfera de influencia y de soberanía” (La actuación del Canciller, 1966, p. 5). No obstante, se señaló que los principales beneficiarios se ubicarían por fuera del gobierno, como Augusto Timoteo Vandor: el “Lobo” era apuntado no solo como un posible financista, sino como el mejor posicionado para capitalizar “los evidentes dividendos del asalto a las Malvinas, cuya inequívoca popularidad no puede pasar desapercibida” (Lo que pasa: Todavía el país espera la revolución, 1966, p. 5). Aun así, se consideró que al metalúrgico no le alcanzarían los réditos para imponerse en el congreso de la Confederación General del Trabajo (CGT).        Aunque el análisis se mostrara ecuánime —casi evasivo— con el Reino Unido, no debería considerarse casual que la revista presentara en esa misma entrega un artículo de Carlos María Dardán sobre “La crisis inglesa” (Dardán, 1966, p. 6). El Príncipe Felipe podía jactarse durante su paso por el país de que los problemas financieros eran ilusorios y temporarios, pero en la práctica cargaba con un abultado déficit en la balanza de pagos que le había impedido honrar sus compromisos con Canadá y Estados Unidos. Consecuentemente, las sucesivas depreciaciones de la libra esterlina no habrían impedido renovadas presiones devaluatorias. Frente a estos desafíos, Albión acariciaría soluciones atávicas, soñando “con reconstruir la hipoteca con que aplastó a la Argentina sobre la base conocida: llevar la mayor cantidad de carne posible al más bajo precio e inundarnos de mercaderías” (Dardán, 1966, p. 6). La oportunidad se abría entonces para “jugar la carta de la carne” contra la desesperación de los anglosajones, para poder así “recuperar las Malvinas y todos los otros intereses ingleses en nuestro país” (Dardán, 1966, p. 6). Esta debilidad haría comprensible —como relataba otra nota sobre el “buen suceso”— que el embajador diera otro paso “en la escalada británica para perder un imperio” acordando la devolución de los “facciosos en aguas neutrales, desinteresándose de juzgarlos y castigarlos”, con lo cual “S.M. vino a reconocer el derecho de la justicia argentina a aplicar la ley argentina por un hecho ocurrido en las Malvinas” (Buen suceso en las Malvinas, 1966, p. 7). El declive también habría salido a relucir en las declaraciones del Consejero Comercial de Gran Bretaña, cuyas críticas a la política económica de la “Revolución” fueron tildadas de “diplomacia beatle”: “¿Ha desaparecido para siempre la raza mundana de los gentlemen, raza sofisticada y aguerrida que durante la era victoriana dictó legítima cátedra de usos y costumbres? ¿Es este, acaso, otro signo de decadencia imperial?” (Notas breves: Diplomacia Beatle, 1966, p. 10).

El diferendo por el archipiélago no era una temática novedosa para Azul y Blanco. En la entrega inmediatamente anterior al operativo, José Luis Muñoz Azpiri había bromeado con que

en un lugar de la Argentina —que no es la plaza San Martín ni el palacio adyacente— me dijeron que el asunto Malvinas se resolvería progresivamente [...] Tarde o temprano, Inglaterra devolverá las islas. Poco ganaríamos con presionarla y exacerbarla. (Muñoz Azpiri, 1966a, p. 13)

Sin embargo, “toda la historia [...] de la política internacional moderna, tejida de agresividad y cinismo, desmiente esta piadosa humorada” ya que

en el caso de la descolonización [...] debemos sopesar, antes que la “gentleness” británica y las homilías neoyorquinas, las tremendas explosiones de Asia y África, la guerra nietzscheana de 1939 que postró a Inglaterra [...] y la presión de las naciones de color que obligaron al Comité de los 24 de la ONU a crear una subcomisión. (Muñoz Azpiri, 1966a, p. 13)

Una prueba de que el camino estaba repleto de obstáculos podía leerse en una nota de The Times donde “se acusa a nuestro país, con fraseología dorada, de actos de obstruccionismo, presión y hasta agresión antibritánicos con motivo del conflicto austral” (Muñoz Azpiri, 1966a, p. 13). El matutino londinense —al cual se encomiaba con sarcasmo por haber sometido a Irlanda, desbaratado al cartismo y alentado una “guerra sucia” contra la Confederación Argentina, entre otras “glorias”— habría incurrido en groseros errores desde lo histórico y lo jurídico, como asegurar que la posesión era base del derecho y que la prescripción otorgaba prerrogativas: esta última “no existe en el dominio del derecho público”, tal como demostrarían los israelíes al “invocar títulos sobre Palestina provenientes del siglo I de la era cristiana” (Muñoz Azpiri, 1966a, p. 13). Parecía por momentos que el prestigioso diario bromeaba, como cuando proponía un tratado bilateral que demarcara las áreas de soberanía sobre la plataforma continental argentina. Si el “humour” era “el género nacional inglés”, “nuestro género racial incluye, perfecciona y supera tales categorías preceptivas” con “la risa sonora y compasiva de Cervantes” (Muñoz Azpiri, 1966a, p. 13). Muñoz Azpiri también le habría dirigido una carta sobre la “vieja y controvertida cuestión jurídica y diplomática” de las islas al historiador británico Arnold Toynbee durante su visita en septiembre de 1966. Dada su condición de autor de una Historia completa de las Malvinas, el remitente se permitía recordarle a su eminente colega que el territorio había sido “ocupado” por la fuerza en 1833. Por algún motivo, la misiva no habría recibido respuesta (Muñoz Azpiri, 1966b, p. 2).

Los acontecimientos continuaron resonando durante los meses siguientes. En un suelto aparecido a mediados de octubre, la publicación cargó contra José María Guzmán: a pesar de ser “el primer gobernador argentino que con bombas y carabinas arribaba a esa tierra de los vientos que enrulan las ovinas lanas y las cabelleras de los piratas rubicundos”, había preferido “arrojar, como si fuera lastre, su investidura y revestirse en la ocasión de un exagerado incógnito” (Notas breves: Guzmán el Bueno, 1966, p. 7). La siguiente entrega incluyó la correspondencia de una lectora a la que se exaltó como “una andanada que arrasará los restos de la ya maltrecha arboladura del bizarro contralmirante Guzmán” (La Redacción, 1966, p. 2). En su inclemente texto, María S. de la Plaza (1966) le preguntó retóricamente

¿cómo es posible, si es que por sus venas corre sangre argentina, que no haya sentido usted la necesidad de participar en algunos de los actos que demostraban nuestra soberanía sobre nuestras Malvinas? [...] ¿Así que fue usted “un pasajero más”, señor gobernador de las Malvinas? ¡Qué papelón! (p. 2)

En una mejor situación quedó la Armada, que al surcar aguas costeras para buscar a los pasajeros del para entonces famoso vuelo habría reafirmado —al igual que la operación— la soberanía nacional sobre la región. Por esta vía, “nuestra Marina de Guerra, cuya obra de integración patagónica, cuya presencia en la tierra fueguina y en la Antártida corona la Conquista del Desierto, es fiel a su noble ejecutoria” (Notas breves: La Marina y las Malvinas, 1966, p. 10).

Paralelamente, el diplomático peronista Juan Carlos Cornejo Linares (1966) sostuvo que la disputa era “un asunto que nos agravia pero que no podemos resolver por nuestra propia decisión hasta tanto no contemos con la fuerza necesaria” (p. 2) (ver también Besoky, 2018; Senkman, 1986). Así las cosas, “bien está que algunos con su audacia nos señalen el camino de la acción directa, a veces mucho más respetable que el de las negociaciones” (Cornejo Linares, 1966, p. 2). Pedro Millán aseguró que si “hubiera sido invitado por esos jóvenes para realizar la proeza que nos enorgullece, habría aceptado”, contraponiendo su actitud con la de un Onganía que de haber “gobernado Francia en tiempos de Juana de Arco, habría quizá acusado de delincuente a la Doncella de Orléans” (Millán, 1966, p. 2). La docilidad frente a las potencias foráneas había hecho que Millán temiera —junto con el staff de Azul y Blanco— que el dictador no fuera más que el “sepulturero de la nacionalidad” (Millán, 1966, p. 2). Con un tono similar, un estudiante universitario exclamó en otra misiva: “¡Pero hombre! ¿Qué me dice usted de las Falklands? El ‘Buen Suceso’ respetó las aguas territoriales...” (De Matías, 1966, p. 2).

El tema no habría perdido vigencia con el cambio de año, tal cual lo atestiguaría Jauja. Este mensuario apareció entre 1967 y 1969 bajo la dirección del exsacerdote jesuita Leonardo Castellani, quien habría procurado darle una orientación cultural y testimonial, aunque en absoluto ajena a la actualidad y la política (Beraza, 2005, p. 210; Randle, 2017). En este sentido, no escatimó cuestionamientos a la “Revolución Argentina”, por lo cual no debería resultar llamativa la presencia de colaboradores de Azul y Blanco como Ibarguren o el aplauso a libros de Juan Manuel Palacio. Dicho distanciamiento permitiría explicar la simpatía mostrada hacia los “expedicionarios”, cuya excarcelación fue solicitada en tanto su salud peligraría en el penal de Ushuaia donde se los retenía (De 10 a 10: Un mes más, 1967, p. 29). De hecho, se denunció que los detenidos “están siendo tratados sin consideración y aún sin humanidad” (Periscopio, 1967a, p. 43). Cuando “los muchachos” protagonizaron incidentes con los guardias e iniciaron una huelga de hambre, la publicación exigió que se “arregle decentemente ese asunto y se ponga fin a la iniquidad —complicada de crueldad. Si no lo arreglan pronto, ignominia” (Periscopio, 1967a, p. 42). La carga de la culpa recaía sobre el Estado, comenzando por el magistrado para quien los jóvenes habrían ofendido a Inglaterra en su propio territorio. Sardónicamente, un anónimo cronista apuntó que no habría “peor crimen que ese”, acotando que “este es el nuevo lenguaje, la nueva Argentina, la ‘nueva tierra’, que dice el cura guitarrero: discutir con los ladrones la propiedad de lo que han robado, es diplomacia; y llamar ladrones a los ladrones es ser ladrón...” (De 10 a 10: Un mes más, 1967, p. 29). Repitiendo el aserto de un periodista británico, la revista no tuvo reparos en proclamar que “las Malvinas NO son argentinas; y el gobierno que tienen allá tampoco” (Periscopio, 1967a, p. 42). Como Azul y Blanco, Jauja sentenció que la cuestión era puramente material para los anglosajones:

el punto de vista de nuestra Jaujeña Majestad es así: a los ingleses no les sirven ya para nada, les resultan carga. Pero ellos no son tontos. Las están usando como cebo de “negociaciones” que acabarán [...] en sacar a la Argentina gran suma de esterlinas [...] o “concesiones” comerciales de privilegio. (Periscopio, 1967a, p. 43)

En este sentido, la alternativa más segura para recuperar las islas consistía en esperar a que el Reino Unido, maltrecho por su crisis económica, aceptara un arreglo ventajoso para el país austral. Concordando una vez más con la hoja de Sánchez Sorondo, Castellani habría observado una declinación ineluctable: la lectura de la novela Bill Holmes and the red panthers —en la que Fielden Hughes evocó “el rinconcito de un ‘home’ inglés, una santa y ordinaria madre, un padre tímido, unos muchachones barrabases”— le permitó al viejo jesuita atisbar “el rostro de la vieja Inglaterra, culta, honrada, civilizada—fugazmente, como una cara hermosa y sonriente que pasa ante la ventana” (Periscopio, 1967b, p. 51).  Poco quedaría de ello en la séptima década del siglo XX, por lo que Argentina debía aprovechar el momento para recuperar lo usurpado.

                Opiniones favorables a la operación podían hallarse también en otros órganos de las extremas derechas como Combate de Jordán Bruno Genta (Caponnetto, 1999), Frontera de Raúl Jassén (Besoky, 2018) y La Hostería Volante de Carlos Disandro (Ladeuix, 2007). Por cierto, existían notorias diferencias políticas e ideológicas entre estas revistas, desde la adhesión de la primera a un catolicismo ultramontano hasta la estrecha cercanía al peronismo de las últimas dos —mixturada en la tercera con sedevacantismo. No obstante, el reclamo por las Malvinas —y el consecuente apoyo a la operación y a sus ejecutores— habrían planeado por encima de esas divisiones, evidenciando la centralidad que la “causa” habría tenido. La guerra de 1982 no habría hecho más que actualizar este ideario y sus discursos, motorizando una recontextualización de lo ocurrido casi veinte años antes.

 

 

“Nadie pregunta lo que he sido en el pasado”. Los silencios de Cabildo, Patria Argentina y Alerta Nacional

 

 

La bibliografía especializada ha tendido a afirmar que el final del “Proceso” trajo el ostracismo de las extremas derechas, confinadas por su quietismo a un creciente anacronismo (Beraza, 2005; Saborido, 2011; Trajtenberg, 1990). Sin embargo, no habrían perdido vitalidad durante los ochenta: según lo relevado por Gabriel Trajtenberg (1990), mientras viejos círculos y publicaciones sobrevivieron —Cabildo, Verbo y La Nueva Provincia— habían surgido tras 1983 nuevos portavoces como Alerta Nacional, El Ataque y Patria Argentina (pp. 105-106). No sería arriesgado entonces afirmar que esos sectores conservaron un lugar menor pero atendible dentro de la cultura política y el discurso social, por lo cual ofrecen un campo fértil para explorar la evolución de la “cuestión Malvinas” durante y después de la guerra del Atlántico Sur (Guber, 2012; Lorenz, 2012; Palermo, 2007).

Como han señalado Facundo Cersósimo (2015) y Jorge Saborido (2011), el conflicto tuvo un impacto profundo en el tradicionalismo católico. El “Operativo Rosario” habría sido la culminación de un reclamo que no era patrimonio exclusivo de los nacionalistas, pero sobre el que ellos habían insistido con devoción. Durante los años anteriores, los artículos sobre geopolítica y relaciones exteriores aparecidos en Cabildo privilegiaron las tensiones con Chile por el Canal de Beagle y las advertencias sobre las ambiciones brasileñas en la Cuenca del Plata por sobre las Malvinas. Aún así, en 1981 la revista consideró deseable una invasión del archipiélago (Cersósimo, 2015, p. 318). Fue así como, en abril de 1982, no solo celebraron el hecho de recuperar las islas sino también la forma de hacerlo: las Fuerzas Armadas habrían honrado su legado al consumar un hecho incontestable, desafiando a una de las principales potencias del planeta. Además de zanjar una secular disputa territorial, la Argentina habría asumido su rol de vanguardia del hispanismo y la Cristiandad en la pugna contra la hereje y pérfida Albión. En palabras de Antonio Caponnetto, habría asomado la “historia verdadera” de la nación, que

es Cruz y Sable; es Fe y Milicia; Fortaleza heroica y lealtad a Dios. Es vísperas de combate, vigilias a la intemperie y alegría de bandera izada. No es urna, voto, sufragio y apostasía. No es ni puede ser ya, el comité y la trastienda; miserias politiqueras y entregas desvergonzadas [itálica en el original]. (Caponnetto, 1982, p. 21)[2]

El entusiasmo fue tan intenso que figuras como Álvaro Riva abandonaron sus críticas previas para anunciar un “giro de 180 grados” y una “refundación” de la dictadura (Riva, 1982, p. 18). Este fervor se trocó en desazón con la derrota, la cual arrasó con arraigadas certezas: los mercenarios ingleses habían batido a las aguerridas tropas argentinas, la “cruzada” de los católicos había fracasado contra la realpolitik y el profesionalismo de los protestantes, la injusticia —como lamentara Alberto Caturelli— había triunfado (1982, pp. 50-52). Fue este un escenario propicio para el surgimiento de una mitología que diera sentido a la hecatombe, preservara el “espíritu del 2 de abril” y llamara a la revancha, generando discursos, actos y memoriales comenzando en los meses posteriores a la guerra.

Uno de los principales exponentes de este “malvinismo” fue Cabildo, revista que había salido por primera vez a las calles a mediados de mayo de 1973, pocos días antes de que la “Revolución Argentina” cediera el poder al primer gobierno peronista en casi dos décadas. La empresa estuvo encabezada por Curutchet, quien después de Azul y Blanco había dirigido otras revistas de similar orientación como Tiempo Político y Vísperas. El staff fue heterogéneo, reuniendo a veteranos redactores como Federico Ibarguren y Vicente Puig Moreno con jóvenes como los hermanos Caponnetto. “Malvinas” devino en sus páginas la condensación de lo que Argentina podría haber sido de no haber interferido un conglomerado de personajes, instituciones y grupos sociales “anti-nacionales”. En esta línea, las críticas a la conducción militar de la guerra —que tendió a separar a la Fuerza Aérea y los suboficiales, ensalzados como héroes, de los altos mandos— convivieron con denuncias de “puñaladas por la espalda” y ataques a la “partidocracia”, ante la cual Argentina también se habría rendido en junio de 1982. Cabildo llamó tempranamente a combatir la “desmalvinización”, replicando por ejemplo a los artículos de Arnaldo Musich en La Nación con el llamado “a los argentinos a conformarse con seguir siendo una sucursal más o menos confiable a ojos de los amos del Norte” (Editorial: Las dos rendiciones de Buenos Aires, 1982, p. 3). La polémica no se restringió a los medios “liberales”, sino que alcanzó también a grupos conservadores críticos de la conflagración, como fue el caso de Tradición, Familia y Propiedad (TFP) (Cersósimo, 2015, pp. 334-339).

El tópico no perdió gravitación con el correr del tiempo. Por el contrario, el mito habría alcanzado su madurez al cumplirse el primer aniversario del desembarco en las islas. La nota editorial de Cabildo afirmó ese mes que “el 2 de abril es el sábado de gloria de la Patria. Lo fue entonces, por sobre las heridas y los padecimientos, más allá de las humillaciones y las caídas. Lo sigue siendo hoy y lo será siempre, porque ese día, la nación amortajada y sepultada tuvo motivos ciertos para creer en la resurrección” (Editorial: La hora de los miserables, 1983, p. 3). La contienda habría despertado “esencias genuinas” y augurado un “nuevo comienzo” que solo se vería retrasado por

una capitulación más lamentable que la de Puerto Argentino, una abdicación peor que crece y se difunde. Es el abatimiento del ánimo colectivo, la acedia nacional y la auto denigración sistemática. Es la parálisis del honor y el enmudecimiento de la honra; es este “tiempo indigente” en un espacio donde parece no quedar lugar para la hombría. (Editorial: La hora de los miserables, 1983, p. 3)

Pero en esta elevación de las Malvinas al rango de gesta y pilar del “destino manifiesto”, ningún lugar hubo para el “Operativo Cóndor”. No se han podido hallar en esta prensa menciones directas al episodio después de 1982, ni siquiera al cumplirse su vigésimo aniversario. 1986 no fue ciertamente parco en alusiones a la temática, con el hostigamiento de Ricardo Paz a la diplomacia de Raúl Alfonsín y Dante Caputo (1986a, 1986b, 1986c, 1986d) o la invocación de José Hernández en su faceta de defensor de la soberanía argentina sobre el archipiélago (José Hernández y las Malvinas, 1986, pp. 25-26). Como era ya costumbre, el 2 de abril fue dedicado a conmemoraciones y homenajes, con los miembros de Cabildo participando —bajo el estandarte del Movimiento Nacionalista de Restauración (MNR)— de un acto en el que pronunciaron discursos el ex combatiente Marcelo Alvarado y la madre del primer caído en el conflicto, María Delicia Rearte de Giacchino (Cada día un 2 de abril, 1986, pp. 25-26)[3]. La edición de septiembre omitió por completo la incursión del MNA, aunque no la “Revolución del ‘30”, “promesa restauradora que, finalmente, fue desvirtuada y traicionada por obra y gracia, en gran parte, del masonismo radical imperante” (1930-6 de septiembre-1986, 1986, pp. 20). El hispanismo y el catolicismo de los redactores incluso hicieron que acontecimientos como la Guerra Civil Española parecieran más cercanos y relevantes, con artículos conmemorativos del alzamiento de las tropas rebeldes y el fusilamiento de Ramiro de Maeztu (Cabrera, 1986, pp. 19-22; Caponnetto, 1986, pp. 22-23).

Algo similar podría señalarse sobre Patria Argentina, mensuario creado a fines de 1986 por Federico Ibarguren y Elías Rafiaa como expresión del MNR bonaerense. El formato tabloide, la tipografía apretada y la disposición desordenada del contenido hablarían de una iniciativa más precaria e improvisada que Cabildo, menos quizás por falta de recursos que por la voluntad de darle una mayor difusión a los contenidos y programas del nacionalismo católico. Además de sus fundadores, participaron allí veteranos redactores como Vicente Puig Moreno e Hilario Lafuente, eminentes antiperonistas como Walter Beveraggi Allende (Bohoslavsky, 2008, pp. 223-248) y defensores del justicialismo como Pío Martínez Nieto. La existencia de espacios compartidos y la circulación de figuras hizo que las posturas sobre Malvinas fuesen sumamente parecidas a las propugnada por la hoja de Curutchet: la exaltación de “héroes” vivos y muertos, el revanchismo y las caústicas referencias a la impericia, ingenuidad y docilidad de los radicales a la hora de negociar con Margaret Thatcher (Malvinas en la OEA (Chácharas caputianas), 1986, p. 4; Ibarguren, 1987, p. 2; Puig Moreno, 1986, p. 3). Ante los soldados que habían hecho el máximo sacrificio y los rigores de la política exterior, la aventura de unos jóvenes en los sesenta no habría ameritado —a diferencia de la rebelión húngara de 1956 o el fusilamiento de José Antonio Primo de Rivera (Machado, 1986, p. 8)— ni un mínimo recuadro.

El panorama no habría sido diferente en la ultraderecha peronista, como lo mostraría Alerta Nacional. Esta revista apareció en junio de 1983 —coincidiendo con el primer aniversario de la rendición de Puerto Argentino— bajo la dirección de Alejandro Biondini, ex miembro de la “Tendencia Revolucionaria” posteriormente asociado con Línea y la Agrupación “La Mazorca” (Kollmann, 2001; Trajtenberg, 1990). Junto al director, fueron parte del equipo René Tulián, el diplomático Francisco Figuerola y Alberto Echeverría. Como sus contrapartes del integrismo católico, la publicación definió Malvinas como una “gesta” y una “guerra inconclusa” (Biondini, 1984, p. 5; E.A., 1987, p. 3). El conflicto habría traído suscitado un renacimiento del país, que habría recuperado su sitial de “Nación-Guía”: para Tulián (1987) “Hispanoamérica espera el resurgimiento de Argentina, única nación capaz de restablecer los lazos geopolíticos que constituyeron en su momento el Virreinato del Río de la Plata” (p. 8). La anglofobia estuvo todavía más exacerbada que en Cabildo, con un número entero consagrado a enumerar los agentes ingleses que boicoteaban la economía del país (Listado de agentes que boicotean nuestro país, 1985, pp. 2-6). Pero difícilmente podría el país ocupar ese lugar bajo el liderazgo de Alfonsín, cuya ascendencia inglesa fue subrayada obsesivamente con la mención de su apellido materno, “Foulkes”. Biondini (1984) aseguró no tener ningún interés en “esta ‘democracia’ de pigmeos, dependientes y timoratos [...] que reniega del 2 de abril, que desprecia el 17 de octubre y que olvida el 20 de noviembre”, verdadera “antítesis de la Patria Justa, Libre y Soberana por la que lucha el Pueblo Argentino” (p. 5). Alerta Nacional también rescató a la “juventud heroica” sobre la cual se querría “echar un prudente manto de olvido o, a lo sumo, quitarles el contenido revolucionario que los puso al frente de la Historia” (17 de octubre – 2 de abril: Los fanáticos construyen la historia, 1983, p. 3; Figuerola, 1984, p. 4).

La publicación no habría sido refractaria a acciones como la realizada por el MNA, como podría inferirse de la cobertura dada al “Operativo Soberanía”. Ocurrido a fines de marzo de 1984, consistió en el desembarco en Cabo Belgrano —o Cape Meredith, el punto más austral de la isla Gran Malvina— de Osvaldo Destefanis, presidente del “Centro de Voluntarios por la Patria”; el padre del soldado caído en la guerra Néstor Pizarro, Ramón; y Víctor Cisnero, hermano del célebre Mario “Perro” Cisnero (Gaffoglio, 2019). Tras realizar la travesía en velero, plantaron una bandera en la costa y tomaron fotografías, lo cual provocó la destitución del comandante militar de las islas, Keith Spacie. La operatoria fue similar al Cóndor, en tanto un comunicado radial emitido por Destefanis dio cuenta de lo ocurrido en términos reminiscentes a los de Cabo (La bofetada al “mito” inglés, 1984, p. 12). En cuanto a Alerta Nacional, subrayó la “alarmante” disparidad de la cobertura mediática, con la mayoría de los medios restándole importancia al evento (La bofetada al “mito” inglés, 1984, p. 12). Más preocupante le pareció al anónimo articulista que Prefectura afirmara que la operación era imposible con argumentos “insólitos”: “cabe preguntarse por qué han sido autoridades argentinas las que han tratado de desmentir el desembarco y al serle imposible trataron luego de silenciarlo en los medios de difusión estatal (TV/Argentina)” (La bofetada al “mito” inglés, 1984, p. 13). Se aseveró en consecuencia que Caputo era el principal interesado en preservar el carácter “impenetrable” de la “zona de exclusión” como “parte de la mitología pro-inglesa, alimentada por este gobierno, dócil a los mandatos del extranjero, y a cambio de que la usura internacional nos ‘facilite’ el pago de la famosa deuda externa” (La bofetada al “mito” inglés, 1984, p. 13). “Volver a despertar al gigante dormido en el espíritu de cada argentino” era algo peligroso, ya que “otro 2 de abril podría alterar, definitivamente, el equilibrio de poder en el mundo” (La bofetada al “mito” inglés, 1984, p. 13). A pesar del encubrimiento gubernamental, Londres se vería forzado a “conversar en serio”, ya que después de esa experiencia solo le quedaban dos opciones: “traer, con carácter permanente, la mayor parte de su flota de barcos y aviones (desguarneciendo otras bases estratégicas para la OTAN) o acostumbrarse a estas excursiones, por ahora, pacíficas... [itálica en el original]” (La bofetada al “mito” inglés, 1984, p. 13). El “Operativo Soberanía” era entonces “la primera bofetada de un Pueblo que NO SE RINDE”, pero también el disparador de un proceso que culminaría con el regreso al archipiélago (La bofetada al ‘mito’ inglés, 1984, p. 13).

Puede entonces aventurarse que el “Operativo Cóndor” no tuvo rol alguno en el despliegue de discursos, memorias y mitologías en torno de la “cuestión Malvinas” por parte de las extremas derechas tras 1982. Sin indicios concretos de los motivos, solo queda espacio para la especulación. Podría aducirse que se produjo un proceso esperable y “natural” de olvido debido al paso del tiempo, aunque esto chocaría con la fijación en el pasado de estas corrientes, adeptas a elaborar efemérides y conmemorar aniversarios. De haber existido, el olvido habría sido consciente y voluntario. Quizás la omisión se haya visto motivada por la metodología del MNA, demasiado cercana —desde un punto de vista histórico y práctico— a las tácticas de las organizaciones armadas de los setenta. El desembarco de Pizarro, Cisnero y Destefanis podía en cambio ser aplaudido ya que no había involucrado el secuestro de una aeronave, por no mencionar que sus integrantes estaban directamente relacionadas con los caídos. De esto habrían carecido por supuesto los protagonistas del aterrizaje de 1966, quienes encima cargaban —como se mencionó en la introducción— con el “estigma” de haber terminado en grupos de la “Tendencia”. Más de cincuenta años después, Bandieri sostenía que había sido un acto temerario que no había terminado trágicamente gracias al manejo que Verrier tenía del inglés (Luis María Banderi, correo electrónico con el autor, febrero de 2020). Asimismo, la reputación de Cabo y el MNA no habría sido buena en los círculos nacionalistas que él frecuentaba debido a sus inclinaciones izquierdistas (Luis María Banderi, correo electrónico con el autor, febrero de 2020). Un juicio coincidente —pero mucho más favorable— manifestó Alberto Buela, miembro él mismo del MNA: tratándose de una agrupación “de neto corte peronista”, los medios nacionalistas “elitistas” lo habrían desconocido veinte años después (Alberto Buela, correo electrónico con el autor, febrero de 2019). A estas incómodas asociaciones habría que agregar el efecto eclipsante de la guerra de 1982, en tanto los tópicos, artefactos y discursos previos se vieron resignificados o fueron directamente subsumidos por las representaciones en torno del conflicto. En ese firmamento, el operativo no constituía un antecedente válido, mientras que sus protagonistas ni siquiera eran dignos de ser mencionados junto a los excombatientes.

 

 

Conclusión. El porvenir de una ilusión

 

 

El recorrido aquí realizado permite trazar una trayectoria bien marcada: el “Operativo Cóndor” habría cautivado la imaginación de los nacionalistas y tradicionalistas católicos de los años sesenta, aunque habría sido relegado por las extremas derechas en las décadas subsiguientes. Como se mencionó, pueden señalarse numerosos causantes de esta metamorfosis: un cambio de perspectiva sobre la legitimidad de prácticas como el asalto de vehículos con fines políticos; una visión “finalista”, que habría percibido ese acto como un eslabón en una cadena que llevaba a la violencia “revolucionaria y “terrorista” de Montoneros y el ERP; o un redimensionamiento a causa de la guerra, “gesta” que habría relegado las “aventuras” al ámbito de lo inocente, lo intrascendente y lo imprudente. Asimismo, podría apreciarse aquí un reflejo del auge y caída de la “era de la juventud”: si Azul y Blanco, Jauja y Combate recibieron con beneplácito la acción del MNA en 1966-1967, el despliegue de un proyecto de reacción contra la cultura contestataria encarnada en los jóvenes durante la década siguiente habría hecho que en los ochenta la operación fuese observada desde una óptica bien distinta (Manzano, 2017, pp. 15-22).

De seguro, no es este el único tema en el cual las extremas derechas se mueven a contracorriente de otros sectores de la sociedad argentina. No obstante, esto no basta para desestimarlas por su marginalidad y extravagancia: si es cierto que no rememoran el Operativo Cóndor, rinden culto en cambio a los combatientes y reclaman la sustitución de las islas como un elevado porcentaje de la población. Como un porcentaje nada desdeñable de la sociedad, están convencidos de que otra guerra no solo es necesaria, sino inevitable y hasta deseable. Tal vez en este punto los nacionalistas, tradicionalistas e integristas exhiban una transformación más amplia en la cultura política argentinas, no disímil a la que Castellani y Sánchez Sorondo veían en Inglaterra: una creciente rudeza y barbarie en las formas como respuesta al deterioro económico y la conflictividad social.

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[1] Doctor en Historia (FFyL-UBA) por la Universidad de Buenos Aires, becario posdoctoral del CONICET con lugar de trabajo en el CIS-IDES y docente en la Facultad de Ciencias Económicas de la UBA. Su área de trabajo es la historia política, cultural e intelectual de las extremas derechas, especializándose en las trayectorias de sus exponentes locales a partir de 1983. Ha publicado en revistas académicas nacionales e internacionales, al tiempo que ha contribuido con capítulos a obras colectivas como Hacer patria (Teseo Press, 2020) y La Argentina y el siglo del totalitarismo (Prometeo, 2022). Es miembro del Núcleo de Estudios Judíos, el Núcleo de Estudios sobre Memoria y la Red de Estudios Interdisciplinarios sobre Derechas (REIDER). Ha realizado estancias de investigación en el exterior, gracias al financiamiento de instituciones como las bibliotecas presidenciales John F. Kennedy, Lyndon B. Johnson y Harry S. Truman. Actualmente, se encuentra investigando el rol que las extremas derechas cumplieron como emprendedoras de memoria desde las etapas finales de la última dictadura cívico-militar hasta 2010.

Correo electrónico: matiasgrinchpun@gmail.com 

[2] El juego de contraposiciones recuerda a una célebre alocución de José Antonio Primo de Rivera en 1934 “Esa es una atmósfera turbia, ya cansada, como de taberna al final de una noche crapulosa […] Nosotros no vamos a ir a disputar a los habituales los restos desabridos de un banquete sucio. Nuestro sitio está afuera […] Nuestro sitio está al aire libre, bajo la noche clara, arma al brazo, y en lo alto, las estrellas” (1945, p. 325).

[3] Pedro Eduardo Giacchino —agente de la represión militar en Mar del Plata durante la dictadura— ha ingresado en el panteón de las extremas derechas, siendo su madre sumamente activa entre los nacionalistas (ver Lorenz, 2012, p. 202).